15 de Julio de 2011

Gonzalo Rojas, el poeta

Por FRANCISCA MÁRQUEZ B.
"Escuché hablar por primera vez de Gonzalo Rojas, el poeta, en 1985 en la ciudad de Buenos Aires. En Chile eran tiempos de dictadura y protestas; y yo una joven estudiante a la que las penas de amor rondaban en exceso".

74x98 con marcoPor Francisca Márquez B.

Decana Facultad de Ciencias Sociales U. Alberto Hurtado
* Columna publicada en Cooperativa.cl el 14/julio/2011


Escuché hablar por primera vez de Gonzalo Rojas, el poeta, en 1985 en la ciudad de Buenos Aires. En Chile eran tiempos de dictadura y protestas; y yo una joven estudiante a la que las penas de amor rondaban en exceso.

Fue el verano de ese año, que decidí escapar de Santiago. Provista de mi mochila tomé un bus a Mendoza y luego el tren a Buenos Aires, donde nunca había estado.

Allí soplaban los aires de democracia, grandes afiches en las estaciones de trenes anunciaban recitales de Joan Manuel Serrat y Leonardo Favio.

Sin dinero y algo perdida en esa ciudad de avenidas anchas y arquitectura imponente, fui a dar a la Librería Prometeo; alguien me había contado que su dueño era un chileno que vivía en el exilio. En plena Avenida Corrientes, encontré esta librería angosta y larga; en el fondo, apoyado en el mesón, un hombre grueso y de bigote negro.

Me presenté – le dije, soy chilena, busco donde poder dormir, vine a conocer Buenos Aires.

Me miró y sin apenas sonreír me llevó a comer a su pequeño departamento junto a su mujer y sus pequeños hijos. Me dijo, aquí no te puedo tener, pero tengo una amiga española que te alojará.

Sobre una de esas grandes avenidas, en un departamento amplio y luminoso, vivía Eloísa, mujer mayor, grande, de piel transparente, cabellera roja y frondosa.

Me recibió alegre, sonriente… Eloísa había zarpado el año 1939 de Burdeos, junto a otros dos mil españoles republicanos en el barco a vapor Winnipeg en dirección a Valparaíso.

Años después migró junto a otros refugiados a Buenos Aires, y allí permaneció… Fue esa misma noche que escuché por primera vez hablar del poeta chileno Gonzalo Rojas. ¿Lo conoces? Yo no lo conocía, en Chile no se lo nombraba y mucho menos se lo leía… ni en la Universidad de Chile, donde yo estudiaba.

Y fue entonces cuando por primera vez escuché su poesía. Mejor que Neruda, que Huidobro y de Rokha…me dijo Eloísa, elevando su porte orgulloso de mascarón de proa para así dar rienda suelta a la lectura de la inmensidad de sus palabras.

Fue una noche entera, que Eloísa no se detuvo… amaba a Gonzalo Rojas, a quien había conocido en Buenos Aires, y con quien jugaba obstinada y amorosamente a la posibilidad remota de un reencuentro.

No fue sino muchos años más tarde, diez o más, que en un café de Santiago en democracia, vi y escuché a Gonzalo Rojas. No pude sino pensar en Eloísa… me acerqué y le conté tímidamente que había conocido en Buenos Aires a Eloísa, la española del Winnipeg, y con ella había aprendido de su poesía.

El poeta me miró sorprendido, ¿y ella vive aún? Sí, y aun habla del reencuentro y el vestido que ese día lucirá.

Buscó entonces entre sus papeles y documentos, se acercó a un pequeño micrófono dispuesto para él, y comenzó a recitar pausadamente “Alabanza y repetición de Eloísa”:

Hija de Elohim/ de quien nadie sabe/ 4 sílabas/ 4 galaxias/ y el destello/ de Eloísa a propósito de alondra, Eloísa al amanecer/ envuelta en ella misma durmiendo en/ la belleza de su espinazo, Eloísa,/ vestida de verde, Eloísa,/ infradesnuda a los 20 años, sentada/ acostada, Eloísa flexible/ derramada como una copa, Eloísa/ cerrada y por lo visto obsesa, Eloísa/ ociosa de José Ricardo, airosa/ y quebradiza de él, Eloísa/ cortada en flor por la guerra, Eloísa infanta/ piel de Lérida, alada al azar/ en la ventolera del Winnipeg, Eloísa/ parada en la borda, anclada, alumbrada/ por ella misma, Eloísa/ posesa de ojos castaños que hubieran sido los del éxtasis/ de la mismísima Magdalena/ de Ribera de Játiva de no ser/ el ser de Eloísa volando como saliendo a los 20, atrapada/ en el rapto de aquesa España dulcísima y/ tristísima fuera/ de España, envuelta/ en ella misma paseando sola/ entre los arrecifes, durmiendo/ en estas líneas,/diamantinamente/ durmiendo.

 

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