29 de Julio de 2011

Movimientos sociales gobernando: entre ideales y responsabilidades

Por TON SALMAN
"Nuestro interés aquí se centra en Bolivia. El país es un caso fascinante para reflexionar cuando se intenta comprender la dinámica de una combinación entre una renovación política de largo aliento y la permanencia de las instituciones democráticas".

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Por Ton Salman*

Artículo publicado en la revista Persona y Sociedad, Vol. XXV n° 1 2011, pp. 89 – 119.
El profesor Salman también participó de la Cátedra Persona y Sociedad el 13/junio/2011.


Introducción

La tesis que desarrolla este artículo plantea que, en caso de una victoria rotunda de un (grupo de) movimiento(s) social(es) combinada con una continuidad institucional (democrática), los movimientos se dividirán entre un grupo o coalición, en forma de partido político, cuya preocupación adicional será gobernar y preservar el ordenamiento democrático, y en otro grupo que continuará presionando por el logro prioritario de la agenda de los movimientos. El preciso equilibrio entre estas dos corrientes dependerá del radicalismo de esta agenda, en particular respecto de la reforma de la institucionalidad estatal, o bien, del respeto a la institucionalidad tout court, con imparcialidad y previsión de estadista, que muestre la coalición gobernante, así como de factores más contingentes como la articulación de las fuerzas opositoras, la presencia o ausencia de un antagonismo étnico, la posición que la corriente gubernamental asumirá en relación al valor de la ‘democracia representativa/liberal’, junto con la presión internacional.

Por cierto, las circunstancias específicas determinarán una diferencia crucial. En los casos en que la victoria del contendor estuvo acompañada de un total desmantelamiento de la institucionalidad, los procesos asumieron con frecuencia un perfil claramente revolucionario. En países como Irán (1979), Zimbabwe (1980), Nicaragua (1979) y Timor Oriental (2002), el cambio fue violento y el conflicto de naturaleza dicotómica: ‘o ellos / o nosotros’; y, con esto, casi todas las instituciones colapsaron. Debido a la virtual ausencia de una voz e influencia de los anteriores gobernantes después de la victoria, la situación se caracterizó por la necesidad de construir un aparato estatal completamente nuevo, e incluso un nuevo país. El caso de Sudáfrica (1994) es único en el sentido de que el cambio fue, finalmente, negociado, aunque acompañado por una transformación radical del sistema de democracia y gobierno.

Nuestra preocupación en este texto son los casos en los que un cambio político de gran envergadura se dio en conjunto con un alto grado de continuidad en las bases del estado, además de circunscribir nuestro análisis principalmente a los estados democráticos. Por ejemplo, en Brasil (2002) la victoria del Partido de los Trabajadores (PT) se caracterizó por un largo proceso de acumulación y por la herencia de una institucionalidad estatal intacta, y además de estar complicada se caracterizó por problemas de ejecución del programa por falta de una mayoría en el Parlamento. Al encontrarse en este dilema, no sorprende que el gobierno del PT haya desilusionado pronto a los movimientos que habían celebrado su victoria.Sugiero que ello no se debe únicamente a su incapacidad para sacar adelante todo aquello con que había soñado el PT, debido a su problemático estatus de minoría parlamentaria, sino también a que, en función de gobierno, tenía que cumplir normas y obligaciones que los movimientos –estando ellos principalmente abocados a sus propios intereses– podían simplemente desatender. Entre estas obligaciones estaría el garantizar las normas democráticas.

Sin embargo, nuestro interés aquí se centra en Bolivia. El país es un caso fascinante para reflexionar cuando se intenta comprender la dinámica de una combinación entre una renovación política de largo aliento y la permanencia de las instituciones democráticas –como es particularmente el caso de Bolivia. Allí, la revolución política del año 2005 se distinguió, de un lado, por un proceso electoral pacífico y por una continuidad institucional, aunque también, de otro lado, por un deseo explícito de ‘refundación’ del país por parte de los nuevos detentadores del poder y sus movimientos de apoyo. Es así que la herencia democrática fue tanto el vehículo que trajo consigo la posibilidad de este cambio como uno de los principales motivos de ofensa contra los que se movilizaban los movimientos. Más específicamente, su objetivo no era abrogar la democracia sino ampliarla y profundizarla, así como hacerla encajar mejor al interior del particular universo etno-cultural que se postulaba era Bolivia. Esto hizo que, desde el comienzo, fueran dos impulsos los que acompañaran el cambio en este país: defender los derechos y garantías que son parte esencial de la democracia liberal, y que habían posibilitado el espacio para obtener una victoria electoral contundente, y ‘rehacer’ simultáneamente esta democracia porque representaba las injusticias que los movimientos consideraban se habían cometido contra ellos en el pasado.

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* Ton Salman es Máster en Filosofía y Antropología Universidad de Amsterdam, doctor en Antropología Universidad Libre de Amsterdam. Académico Departamento de Antropología Social y Cultural de la Facultad de Ciencias Sociales Universidad Libre de Amsterdam. E-mail: a.j.salman@vu.nl

 

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