26 de Agosto de 2011

¿Chile se olvidó de los chilenos?

Por PABLO SALVAT
"La verdad de las cosas es que uno podría decir que sí, que una buena parte de la sociedad chilena se olvidó de los otros durante muchos años".

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Por Pablo Salvat

Académico del Departamento de Ciencia Política y RR.II.
Columna publicada en Cooperativa.cl el 25/agosto/2011.

 

Se preguntaba un profesor en una conocida emisora de radio hace algunos días. Y lo decía a propósito de las enormes dificultades que tenemos la mayoría de los chilenos para acceder a bienes sociales fundamentales como educación, salud, vivienda, pensiones adecuadas, o un medio ambiente no contaminado.

Ese profesor se lo preguntaba porque no lograba comprender cómo una sociedad y sus instituciones, se mostraban incapaces de satisfacer el acceso igualitario a esos bienes comunes a nivel de humana dignidad para todos sus ciudadanos, tan chilenos unos y otros.

Y esto después de tantos años de prédica ideológica a favor de los ricos, del crecimiento, las multinacionales y el chorreo.

O, dicho de otra forma, por qué esos bienes sociales tienen que quedar en manos del impersonal mercado y las posibilidades de ingreso de cada bolsillo.

Y lo decía a propósito de un caso concreto de estudiantes que se endeudaban para seguir odontología en la U. de Chile, y que a sus treinta años ya tenían una deuda entre 30 y 40 millones de pesos.

O del dato de que en Chile, el aporte familiar para financiar la educación superior es del 73% del total. En cambio, en la tan mentada OCDE, ese aporte llega al 16%.

La verdad de las cosas es que uno podría decir que sí, que una buena parte de la sociedad chilena se olvidó de los otros durante muchos años. Tanto en los tiempos de dictadura, como después. ¿Motivos? Variados de seguro.

Temor, miedo a perder el trabajo, sufrimientos familiares, pero también la interiorización del consumismo y el egoísmo individual, de la competencia por el brillo externo y el supuesto ascenso social, la privatización de su existencia personal y cívica promovida por el ideologismo neoliberalista y los medios de comunicación.

Eso terminó por afectar seriamente el vínculo social. La novedad de los movimientos del presente, entre otras cosas, reside justamente en la lenta recuperación de la conciencia ciudadana y protagonista de una buena parte de la sociedad civil que, al parecer, vuelve a percatarse que –más allá o acá de representaciones varias-, ella es el soberano final en la toma de decisiones que afectan el destino de los asuntos comunes, y no lo que diga el mercado bursátil o las transnacionales.

Y entonces, lentamente, tímidamente, empieza a exigir un lugar más importante en la dirección de la vida en común, y eso incomoda el autoritarismo imperante.
Por otra parte, quien se ha olvidado de los chilenos es el novedoso modelo “democrático”, supuestamente representativo y acomodado desde antes del año 90 a los intereses del poder dominante.

Un modelo que se ha mostrado incapaz -hasta ahora- de garantizar el acceso más o menos igualitario a derechos sociales básicos.

Pero no sólo eso. Dentro de los márgenes del mercado autorregulado de base capitalista que nos gobierna, hay muy poco tiempo para dedicarse a la vida cívica, y muy poco que decidir en conjunto.

Por tanto, se afecta de manera fundamental las posibilidades reales de un ejercicio ciudadano democrático.

Y esta situación se ve confirmada por ejemplo en los resultados del último Informe Anual de Latinobarómetro (2010).

Cuando allí se pregunta si las privatizaciones han sido beneficiosas para los países, sólo un 36% en promedio general responde afirmativamente: un 34% para los chilenos; un 30% para los argentinos.

Cuando se indaga por la satisfacción con los servicios públicos privatizados, sólo un 27% de los chilenos contesta por la afirmativa.

Cuando se pregunta si la distribución de la riqueza es justa o muy justa, sólo un 12 % de chilenos y argentinos contestan positivamente.

Y sin embargo, la derecha dentro y fuera del gobierno sigue equivocando su diagnóstico respecto a lo que está pasando y hace oídos sordos: se trata de “inútiles y subversivos”; de “endemoniadas y pollerudos”; del país de “las barricadas y la violencia”, versus el país de los que “trabajan y son tan pacíficos, buenos y dialogantes”, de “sacar a los militares a la calle”, y un largo rosario.

Es el desierto de los argumentos y las razones. Y cuando ello sucede entonces la política se esfuma y queda el poder desnudo, con su cuota diaria de violencia, manipulación y amenaza.

Todo lo cual aumenta la cuota de incertidumbre respecto a las salidas posibles en relación a las demandas que están planteando los ciudadanos y el movimiento social.

No es algo sencillo, porque como bien dijo Primo Levi “El privilegio, por definición, defiende y protege al privilegio”.

 

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