COLUMNA DE OPINIÓN DE JUAN CARLOS SKEWES EN COOPERATIVA | CENSO

“La felicidad pública es un todo que resulta de la parte que pone cada individuo: al Gobierno sólo toca disponer, y agitar los resortes. Sin saberse el número de la población, las profesiones, y demás circunstancias de los ciudadanos, casi no se puede emprender con cálculos seguros ningún objeto de beneficencia pública, y mucho menos se puede dar a los pueblos aquella organización, y representación política, que corresponde a un sistema popular”. Así se presenta el primer censo de la naciente República el 31 de mayo de 1813, “levantado por don Juan Egaña, de orden de la Junta de Gobierno formada por los señores Pérez, Infante y Eyzaguirre”.

Un censo puede ser un instrumento a través del que un soberano pretenda ejercer su poder. Por vía de un conteo de sus súbditos puede recaudar sus tributos y disponer de sus tropas. Pero un censo, como bien lo entiende la Primera Junta de Gobierno, también puede ser el medio a través del que el pueblo se convoca a sí mismo a un ejercicio de auto conocimiento.

En este segundo escenario, los censos son actos de genuina democracia, de reflexividad y de necesaria curiosidad. Cuántos y quiénes somos, dónde vivimos, cuál es nuestro origen nacional o étnico, qué hacemos. Todas estas preguntas permiten saber como mejor usar los recursos de que disponemos, a identificar nuestras necesidades y a mejor resolver nuestros problemas, tal como se sugiere en los albores de la República.

No es raro que el censo sea un medio a través del que las comunidades – no solo de seres humanos – recurran para orientar su conducta. Para los pájaros, el canto indicará si el tamaño de la población es grande o reducido y, por lo tanto, si es más conveniente empollar solo un par de huevos o más de tres.

Las ranas del Pacífico orientan su comportamiento reproductivo de acuerdo al croar que se da en sus colonias. Los leones, a su vez, deciden si atacar o no a otra manada si sus números aseguran superioridad.

Aquí los números cuentan y no es extraño que la capacidad de reconocer y distinguir cantidades sea más o menos generalizada entre las especies vivientes: en cada una de ellas el comportamiento individual está en estrecha relación con las dinámicas poblacionales acerca de la que los censos dan cuenta.

Los números, de los que tratan los censos, no son personas pero sí gravitan sobre ellas. De aquí la aspiración de grupos que, siendo invisibilizados, procuran hacerse presentes a través de las estadísticas en la sociedad. Es el modo de asegurar formas de representación que permitan avanzar en la reivindicación de los derechos que corresponden a los grupos étnicos, a las y los inmigrantes, o las minorías sexuales. La omisión censal es, en este sentido, una omisión política.

Más allá de su condición numérica, el censo es un acto cívico y, por sobre todo, un  acto solidario. Más todavía, un acto del que depende la sana continuidad y la plenitud de derecho no solo de la sociedad en su conjunto sino que de cada una de las colectividades que la constituyen. Al mismo tiempo es el acto a través del que la comunidad se reconoce a si misma. Y de todos es el acto más cívico pues, sin duda, es el más inclusivo: nadie queda fuera de un censo. Por lo mismo la participación voluntaria de la ciudadanía en su ejecución es crucial para asegurar su confiabilidad, transparencia y rigor.

Censar puede ser un acto imperial impuesto por la majestad del tirano a través de sus funcionarios o ser una fiesta popular auto convocada por un pueblo que busca, a través del gesto desinteresado, hacer república.

En nuestro país los censos  han tendido más hacia lo segundo por lo que llama la atención que haya quienes convoquen a no participar en esta fiesta. Socavan con su opinión, a lo mejor sin saberlo, las bases de la convivencia democrática, a la vez que desalientan el ejercicio de la ciudadanía al pueblo. Tal vez prefieran dejar todo en manos de funcionarios, aspirando a mantener un control al modo imperial de un pueblo que cada vez reclama más espacios de congregación cívica.

Por el contrario, a lo que se convoca es, en consecuencia, a celebrar.

Y eso amerita un feriado.

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