Durante esta etapa de lanzamiento de nuestro nuevo sitio web, escríbenos tus dudas, consultas o comentarios al WhatsApp +569 3455 2723.

Habla solo Pacheco, o la inmensa soledad de nuestras sociedades

Fuente: Cooperativa Pacheco era un profesor del liceo de niñas de la ciudad donde vivíamos, y del que era estudiante mi hermana, en el sur del país. Era un hombre tranquilo, sin grandes ambiciones, y hacer clases no sólo era su fuente de sostenimiento sino aquello que, literalmente, podía llevarse sus días y, en ocasiones, […]

  • Compartir
  • Facebook
  • Twitter
  • Linkedin
  • Whatsapp

Fuente: Cooperativa

Pacheco era un profesor del liceo de niñas de la ciudad donde vivíamos, y del que era estudiante mi hermana, en el sur del país. Era un hombre tranquilo, sin grandes ambiciones, y hacer clases no sólo era su fuente de sostenimiento sino aquello que, literalmente, podía llevarse sus días y, en ocasiones, también sus noches. Preparar clases, y revisar pruebas y trabajos, sobre todo, no era algo rápido; menos un asunto sin implicancias que pudiera hacerse así sin más.

Mi hermana era alegre, y estaba en medio de esa edad donde todo es florecer pero que, a vista del entorno, no es más que carencia en su adición, o adolescencia, como triste e irreflexivamente solemos repetir. No conforme, ella prefería pasar del insulto y reír, aunque a veces confesaba su molestia y, también, que no siempre estaba segura de lo que decía ni hacía lo que hubiese querido. Un enredo que, sin embargo, a ella no la enredaba ni le arrebataba el buen ánimo, cosa que siempre se agradecía.

El liceo de niñas, en tanto, era el más antiguo de la ciudad, un emblema de la educación pública en los tiempos que ello era importante, aunque tampoco supiéramos muy bien por qué. Era lo que se decía, algo que cuando falta, tal como con el aire, se nota en su ausencia: una pregunta que ahoga, ese impulso que ni siquiera alcanza a anidar como eventual respuesta.

Profesor de Filosofía y amante de la conversación, Pacheco solía repetir en clases que a través suyo podía conocerse el mundo, en minúsculas, porque ello era la manifestación en pequeño de aquello que, proyectado, seguramente estaba en más partes. Y aunque tampoco sabía si era cierto, en estricto rigor no le interesaba porque su ejercicio era el importante dado que ahí, como le gustaba decir, era donde se jugaba el encuentro y la civitas: o la vida en ciudad, que salida de su boca sí que parecía relevante.

Noticias Relacionadas