Fuente: CIPER
Hoy lunes, 25 de mayo, León XIV publicó la primera encíclica de su pontificado: Magnifica humanitas (Magnífica humanidad), un documento que aborda directamente los desafíos éticos de la Inteligencia Artificial (IA) y la urgencia de custodiar la dignidad humana frente al «paradigma tecnocrático».
La fecha no es baladí, ya que León XIV lanza esta encíclica justo cuando se conmemora el 135º aniversario de la histórica encíclica Rerum Novarum de León XIII. Aquel texto que en 1891 puso en la palestra la preocupación de la Iglesia por la justicia social precisamente para evitar que las nuevas estructuras económicas llevaran a la deshumanización de las personas. Así como en plena revolución industrial se advirtió que es ilícito violar impunemente la dignidad del ser humano, León XIV nos recuerda hoy que nuestra actual arremetida tecnológica no es solo una amenaza, sino una oportunidad histórica para pensar en un nuevo humanismo social, al estilo de San Alberto Hurtado. Una oportunidad para reafirmar que la tecnología debe servir al desarrollo humano integral, y no dominarlo.
Interesantemente, la publicación de Magnifica humanitas coincide también con los 30 años del aquel famoso informe de Jacques Delors para la UNESCO, que en 1996 imaginaba la educación para el siglo XXI. Al leer las recomendaciones de León XIV frente al avance de la IA, resulta inevitable notar una profunda conexión: en el fondo, esta nueva encíclica nos viene a recordar que, después de tres décadas, la educación sigue encerrando un tesoro: el inconmensurable valor de cada persona humana.
Por supuesto que la IA llegó para quedarse en nuestras vidas, y la educación no está exenta de ello, y si bien acá no nos pondremos a discutir si la IA sustituirá o no la docencia, desde mi vocación como académico universitario y trabajador social lo que sí deberíamos de considerar es el profundo llamado de atención hacia nuestras prácticas pedagógicas porque la IA nos exhorta a reflexionar.
Si nuestro modelo de educación superior sigue centrado en la mera transmisión de información plana, hemos perdido la batalla. Si la investigación avanza sólo en términos de productividad científica estandarizada (y aún peor, de rentabilidad), y si la formación profesional se rige exclusivamente por tasas de retención y titulación oportuna, una tecnología capaz de procesar volúmenes infinitos de datos en segundos siempre nos ganará. Sin embargo, esa misma tecnología jamás será capaz de reemplazar la inconmensurable humanidad del proceso de enseñanza-aprendizaje.
Aquí es donde los dos primeros pilares de Delors, aprender a conocer y aprender a hacer, exigen mayor profundidad. Aprender a conocer ya no es retener datos, sino desarrollar pensamiento crítico e ir en búsqueda de la verdad. Como nos recuerda la tradición de Tomás de Aquino, el conocimiento humano no es una simple secuencia de instrucciones, sino una apertura espiritual hacia la realidad. La IA puede calcular y optimizar información, pero no puede comprender el sentido de las cosas ni mucho menos juzgarlas moralmente. Por su parte, aprender a hacer implica conectar esos saberes abstractos con la resolución de problemas reales. En un ecosistema hiperinformado y transmedial donde las y los estudiantes buscan certezas rápidas, nuestro deber es enseñarles que la calidad de la respuesta de una máquina siempre dependerá de la calidad y complejidad de la pregunta humana.
El tercer pilar, aprender a ser, nos sitúa en el núcleo antropológico de la educación. Frente a un modelo tecnocrático que reduce la vida a métricas de rendimiento y lógicas de consumo, el proceso de enseñanza-aprendizaje debe reivindicar nuestra corporalidad. Desde mi trabajo académico, observo a diario que la inteligencia humana es esencialmente encarnada y relacional/vincular. La IA, por el contrario, carece de cuerpo físico, de historia vivida y de esa vulnerabilidad que es la verdadera fuente de la sabiduría y conocimiento humano. Formar para «ser» significa formar a la persona en todas sus dimensiones, enseñando a las y los estudiantes a no ceder su autonomía y su libertad de conciencia a sistemas opacos o algoritmos que simulan humanidad.