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¿Quién decide qué conocimientos importan? El precio y el valor de las disciplinas

Fuente: CIPER ¿Qué concepción del conocimiento reproducen las propias universidades cuando asignan valor diferencial a disciplinas que participan de manera equivalente en la vida académica? Hay discusiones que parecen tratar sobre una frase y terminan hablando de una época, de otra cosa más amplia y relevante. Sospecho que eso ocurrió con la controversia surgida a […]

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Fuente: CIPER

¿Qué concepción del conocimiento reproducen las propias universidades cuando asignan valor diferencial a disciplinas que participan de manera equivalente en la vida académica?

Hay discusiones que parecen tratar sobre una frase y terminan hablando de una época, de otra cosa más amplia y relevante. Sospecho que eso ocurrió con la controversia surgida a propósito de las recientes declaraciones sobre profesores, humanidades e inteligencia artificial de la ministra de la Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, Ximena Lincolao. La intensidad de las reacciones da cuenta de una discusión que trasciende una formulación puntual y sus posteriores aclaraciones de una aparente formulación desafortunada. Algo más profundo y significativo quedó expuesto; como ocurre a veces, la controversia funcionó como un síntoma. Permitió visibilizar preguntas pendientes, ¿qué valor estamos otorgando a aquello que sostiene la vida colectiva, qué lugar queremos que ocupen las personas y sus capacidades en el futuro que estamos construyendo, ¿bajo qué criterios estamos valorando los conocimientos, las profesiones y, finalmente, a las propias personas? Entonces no fue simplemente un asunto sobre empleabilidad o sobre los cambios que traerá la inteligencia artificial al mundo del trabajo.

Quizás el problema consista en que hemos dejado de formular esas preguntas de manera explícita, puesto que vivimos rodeadas/os de indicadores, métricas, rankings, evaluaciones y comparaciones. Medimos resultados educativos, productividad académica, impacto de la investigación, desempeño institucional y rendimiento financiero. Sabemos cada vez más acerca de los costos de las cosas, sin embargo, sabemos bastante menos acerca de su valor.

Esta diferencia parece pequeña, aunque en realidad es enorme e inconmensurable. El precio pertenece al mundo del intercambio, el valor pertenece al mundo del sentido. Durante mucho tiempo hemos mantenido ambas dimensiones como si fueran lo mismo, hoy pareciera que una de ellas ha comenzado a absorber a la otra. Lentamente, hemos aprendido a traducir ámbitos enteros de la vida social al lenguaje de la rentabilidad, hablamos de inversión educativa, de capital humano, de productividad del conocimiento, de retorno de la formación. Es un vocabulario tan incorporado a nuestra vida cotidiana que rara vez nos detenemos a pensar qué visión de mundo transporta consigo.

Además, nos acostumbramos a pensar la educación como inversión, la salud como prestación, la investigación como innovación y el conocimiento como recurso estratégico. Ninguna de estas expresiones es inocente, cada una desplaza el foco de atención y porta una carga semántica, simbólica y material, puesto que cada una privilegia ciertas dimensiones de la realidad y deja otras en segundo plano. Poco a poco, el lenguaje económico dejó de describir una esfera específica de la vida social y comenzó a transformarse en una gramática general para comprenderla.

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