Fuente: CIPER
“A veces 100 millones, 500 millones, para una investigación que termina en un libro precioso, empastado, en la biblioteca. ¿Cuántos trabajos generó? Ninguno.” La frase de José Antonio Kast representa una definición ideológica extremadamente precisa sobre qué formas de conocimiento merecen existir y cuáles deben ser consideradas un gasto inútil. Detrás de esa aparente preocupación por la eficiencia se despliega una concepción empobrecida de la vida intelectual, de la universidad y, en última instancia, de la democracia misma.
La operación es brutalmente simple, si una investigación no produce empleos inmediatos, entonces carece de valor social. El criterio parece razonable porque utiliza el lenguaje de la urgencia económica y del sentido común administrativo. Sin embargo, lo que hace es reducir toda actividad humana a una lógica de rentabilidad inmediata donde adquiere legitimidad aquello que puede traducirse rápidamente en productividad, ganancia o utilidad material cuantificable. Todo lo demás, pensamiento crítico, reflexión histórica, producción teórica, análisis social, filosofía, arte, humanidades queda desplazado hacia el territorio de lo ornamental, de lo accesorio, de lo sospechosamente inútil.
El “libro precioso” aparece como un objeto ridículo, inservible, como símbolo de una élite improductiva que consume recursos públicos sin devolver nada tangible. La biblioteca es presentada casi como un cementerio de vanidades intelectuales financiadas por ciudadanos “reales” que sí trabajan y producen. Refiere a un desprecio hacia ciertos tipos de investigación y es una desconfianza más amplia hacia cualquier forma de conocimiento que no se subordine completamente a la lógica económica.
Este discurso se ha convertido en el horizonte dominante desde el cual se evalúa el conocimiento. La universidad neoliberal no necesita quemar libros ni censurar autores, le basta con exigir rentabilidad permanente. El mecanismo es mucho más eficiente, las disciplinas comienzan a competir por financiamiento bajo criterios de productividad económica, impacto cuantificable y aplicabilidad inmediata, lo que no puede traducirse en indicadores pierde legitimidad institucional. La frase de Kast la expresa de manera descarnada.
El problema es que ese criterio de valoración destruye precisamente aquello que las universidades deberían proteger, la posibilidad de pensar más allá de las urgencias del mercado. Porque la función histórica de una universidad nunca fue únicamente producir mano de obra especializada, las universidades surgieron como espacios de elaboración crítica, de conflicto intelectual y de producción de conocimiento capaz de interrogar el orden existente. Reducirlas a centros de capacitación técnica orientados exclusivamente a satisfacer necesidades económicas es degradar radicalmente su función pública.