Fuente: Le Monde Diplomatique
En su libro 1984, publicada en 1949, Orwell construye un mundo configurado por la experiencia de los totalitarismos, la guerra y la destrucción de las certezas políticas que habían sostenido la modernidad. Imaginó una sociedad en la que el poder alcanzaba su máxima expresión al intervenir sobre la realidad, la memoria y la conciencia. El Ministerio de la Verdad reescribía la historia; el Ministerio del Amor administraba la tortura; el Ministerio de la Paz organizaba la guerra, cada institución expresaba una inversión del lenguaje destinada a producir obediencia.
La vigencia de Orwell, se expresa en su capacidad para mostrar que la dominación comienza mucho antes de la violencia visible, se instala en las palabras, reorganiza los significados, interviene sobre la memoria y modela las condiciones desde las cuales las personas interpretan su existencia. El autoritarismo se vuelve eficaz en la medida que consigue que las personas participen en su propia subordinación y reconozcan como libertad aquello que restringe sus posibilidades de decidir.
Los autoritarismos del siglo XXI cuentan con instrumentos de expansión inédita; en las tecnologías digitales, la concentración económica, la manipulación informativa y la administración política del miedo. Su fuerza está en la articulación de mecanismos que operan simultáneamente sobre las instituciones, los cuerpos, las emociones y las subjetividades. La vigilancia se incorpora a la vida cotidiana mediante condiciones de precariedad que restringen la autonomía, mientras la desinformación fragmenta el mundo común y la polarización transforma al adversario en enemigo. En este escenario, el poder contemporáneo ejerce una capacidad creciente de gobierno mediante la producción de realidades configuradas desde la lógica de la posverdad, interviniendo en las formas en que las personas interpretan los acontecimientos, construyen sus posiciones y participan en la vida pública.
En el libro 1984, se formula la consigna ‘La ignorancia es la fuerza’ y se vincula con la neolengua o el lenguaje Cuac- Cuac, presentada como una de las operaciones más sistemáticas del poder, reducir deliberadamente el repertorio lingüístico para estrechar las posibilidades del pensamiento. La modificación del diccionario, la eliminación progresiva de palabras y la sustitución de conceptos complejos por expresiones cada vez más acotadas configuran un lenguaje orientado a limitar la capacidad de nombrar, argumentar, disentir e imaginar alternativas. En la actualidad, esta operación se reconoce en la simplificación de los discursos públicos, la circulación acelerada de consignas, la reducción de debates complejos a categorías binarias y la pérdida de matices que producen determinados entornos digitales.
El lenguaje empobrecido restringe los recursos con los cuales las personas elaboran su experiencia y participan en la vida colectiva, porque una ciudadanía con menores repertorios para nombrar las injusticias dispone también de menos herramientas para cuestionarlas, deliberar y proyectar transformaciones. El corolario de esta racionalidad es la formación de personas progresivamente desprovistas de voluntad crítica, cuya adaptación al orden establecido favorece el conformismo y alcanza dimensiones políticas, morales y subjetivas, con efectos sobre las condiciones de vida y el bienestar físico y mental.