Fuente: El Mostrador
A veces, para reconstruir nuestra historia, hay que buscarla donde menos esperamos encontrarla. Por ejemplo, poniendo atención a las especies que nos rodean. Durante siglos, diferentes plantas recorrieron enormes redes comerciales sin que pudiera anticiparse hasta dónde llegaría su influencia.
Especies hoy tan cotidianas como la papa (Solanum tuberosum) alcanzarían Europa en el siglo XVI y transformarían economías enteras; el cacao (Theobroma cacao) cruzaría el Atlántico desde Mesoamérica y cambiaría de usos y estatus, mientras que de la corteza de árboles sudamericanos (Cinchona spp.) se aislaría en 1820 la quinina, un medicamento tan valioso que su control pasó a formar parte de proyectos coloniales.
Tanto han viajado junto a nosotros que algunas especies llegaron a establecerse a miles de kilómetros de su origen y hoy su presencia nos parece completamente “natural”.
- Pero nuestra historia con las plantas seguro comenzó mucho antes de los registros escritos. Podríamos inventar una escena: hace casi medio millón de años, un grupo trabaja junto a un río en África. Alguien corta un gran tronco (Combretum zeyheri), talla su superficie y hacen encajar sobre ella una segunda pieza de madera. Quizás están levantando la base de alguna construcción que nunca llegaremos a ver, como una carpintería de hace 470 mil años.
Podríamos imaginar también historias más cercanas. A un grupo de cazadores-recolectores avanzando hace unos 12 mil años por un desierto de Atacama hoy irreconocible, siguiendo cursos de agua entre grandes manchas de vegetación. Algunos cargan conchas traídas desde la costa; otros, materiales cordilleranos. Entre sus pertenencias viaja también madera de Ceiba, un árbol de bosques tropicales que crecen al otro lado de los Andes. Cientos de kilómetros, montañas y ambientes completamente distintos separan esos lugares, pero para ellos no están desconectados.